domingo, 6 de abril de 2014

Sus esteros en estéreo. Ensayo sobre Guayaquil.


  1. (Ed M. Undo)
  2.  
  3. Las mil patas de ciempiés de nuestra casa es lo que queda cuando todo sonido vivo cesa. La casa se despereza, el televisor cruje, el aire acondicionado descansa, la refrigeradora gime, el grifo salpica fuera del lavamano, la cisterna se enciende, el carro pita, el sabido chiflea, el lotero grita, el botella vacía periódico, el afilador de cuchillos, el carro de balde de madera que vende naranjas en la calle, los barquillos, los granizados, las ciruelas, los helados, los gemelos, el empastado, el sánduche, el helado Ideal, el Pingüino, los helados de Salcedo, los corviches, los bollos, los encebollados, los chifas, el wantan min, el wuchiwu, el wantán frito, los fideos, en salsa de ostión, en salsa de tamarindo, frito, encocado, asado, lampreado, brostizado, brosterizado, al horno, al ajillo, en sal prieta, vaporizado, con choclo, barbecue, reventados, todo le suena a una casa cuando por fin descansas.

  4. Las casas son silenciosas durante el día pero en la noche la presión cede a los temblores de la descompresión urbana, la ciudad se estira, se endereza, se deprime, se volcaniza, se vulcaniza, se dilata. La ciudad está siempre en expansión, Guayaquil siendo un archipiélado que se va transformando, tierra donde antes era agua, avenida donde antes había pantano. Guayaquil se volatiliza hacia los polos, sus esteros en estéreo, su perímetro, el cinturón de pobreza, los suburbios, los campamentos, los pueblos, los salados, los manglares, los montes, las avenidas, las carreteras, las esclusas, los puertos, las casas, los condominios, las villas, las mansiones, los conventillos, las ciudadelas, los barrios, las etapas, las manzanas, peatonales, garitas, casetas de guardia con sus televisores blanco y negro, sus lunes sexys del Extra, su afiche de Barcelona campeón, su escapulario, sus lentes sin una luna, su abanico, su peinilla, su recortada, su vaso de plástico, su tela metálica, sus rejas, sus P.A.I.s, sus robaburros, sus metropolitanos, sus tombos, sus policías acostados, sus esquinas, sus tiendas, sus kioskos, sus carretas. Guayaquil te devora. Nuestras casas hacen su lenta digestión de nuestra raza cada noche en un proceso que dura toda la vida. Somos células de un gran organismo, un pedazo de algún mapa aéreo, una urbe, un asentamiento, una población en expansión, en calor extremo, en todos los aires acondicionados que son el respirador artificial de una ciudad que no se soporta a si misma sin una alteración de temperatura, sin cruzar un río, un golfo, una bocacalle.  
  5.   La doble vida de la ciudad, quemándose por fuera, congelándose por dentro, costosa, acelerada, cosmopolis congelada en el 1975, el año en el que William Burroughs pasó por aquí en su viaje autobiográfico del que sacaría su libro Queer, ahí quedo suspendido el explendor urbano, como una maqueta gigante, es como lo que pensabamos que sería el proyecto se convirtió en la realidad, un gran organismo con nosotros de células. Somos sobrevivientes de Guayaquil. Ponemos rejas en nuestras casas para que no se nos meta la ciudad. Tela metálica para que filtre las alimañas de mayor tamaño que infesten el aire viciado que compartimos en el aire acondicionado. Qué tan barato sería vivir aquí si no hiciera falta el aire acondicionado, como en Quito, fresco. Volvemos a nuestras casas, donde todo es seguro, donde podemos reposar, tras nuestras rejas, el alambre electrificado, el intercomunicador, el timbre, la puerta del frente, el patio, el balcón, la terraza, el altillo, el cuarto de cisterna, el cuarto de la empleada, el pesebre, el porch, adentro, atrás, con luz del día, resplandor, veranillo, foto, florescente, luz de poste, para llevar, a domicilio, a casa.

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